Pioneras en la comunidad sorda palestina

«El año pasado, por primera vez en Palestina, logramos que dos estudiantes sordas que acudían a nuestros centros especiales lograsen llegar a la universidad. Para ellas, es un gran logro personal, pero también sirven de ejemplo y ánimo al resto de los niños que intentarán ser como ellas». Suher Albadarneh, directora del Departamento de Desarrollo de Capacidad y Rehabilitación de la Media Luna Roja Palestina, no esconde su orgullo al resaltar este hito.

En la sede central de la Media Luna Roja (Palestinian Red Crescent Society, en su denominación en inglés) en Ramalah, Albaddarneh recuerda cómo ambas chicas pertenen al grupo de miles de niños palestinos sordos que tanto en Gaza como Cisjordania han recibido la atención de esta ONG.

Niños sordos recibiendo formación en la guardería de la Media Luna Roja en Ramalah, Cisjordania, Palestina.

Sólo en la actualidad, la Media Luna Roja en sus centros de atención diaria en Palestina,da servicio a 381 niños sordos con edades comprendidas entre los 3 y 20 años de edad, desde la guardería hasta que finalizan Secundaria.»En las guarderías sin atención especial, no pueden ser escolarizados, ya que necesitan una educación especial para aprender a pronunciar, leer… Nosotros les enseñamos a hablar», detalla la responsable del departamento de Rehabilitación de la Media Luna Roja.

En la guardería de Ramalah, un jueves de mañana -previo al día de descanso del viernes, que representa para los palestinos el ansiado domingo de los españoles- se ve el esfuerzo de las profesoras y los pequeños por aprender en unas clases llenas de color y actividad. Cartas, juegos, ejercicios con la mano y la boca para aprender a emitir sonidos guiándose por el golpe de la voz, suponen los primeros pasos de estos niños sordos para hacerse entender en el mundo.

Para un mejor desarrollo, desde tempranas edades, la ONG ofrece clases reducidas en la guardería (en el caso de la situada en la sede la organización en Ramalah no se superan los seis alumnos) así como atención individualizada de manera que poco a poco aprendan a modular la voz dentro de sus posibilidades, leer los labios y aprender el lenguaje de los signos, sin olvidar -por supuesto- «la integración social», añade Suheir Albadarneh.

Texto: Mar Mato    Fotos: Pelu Vidal

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«Nadie te va a poner la comida en el plato»

Pedro Vázquez Carballeira, de Ourense, con 53 años de edad, confía en el «boca a boca», ese que con mucha seguridad le dará su próximo puesto de trabajo. Hasta hace menos de un mes, Vázquez participaba en un programa de inserción laboral de Cogami. Su trabajo consistía en llevar a gente con discapacidad al médico, la piscina o a otros servicios. «Ese trabajo fue creado para mí, se ajustaba a mí al 2.000%», asegura.

Su jornada laboral comenzaba a las 8.30 de la mañana cuando la ciudad todavía era oscuridad en los días anteriores al verano. Hasta las 13.00 horas, andaba  dando vueltas con los usuarios del transporte por Auria, para en esa hora tomar un descanso y la comida hasta las 15.30 horas cuando reanudaba el trabajo hasta las 19.00.

Ahora, sueña con un empleo similar. «Lo hacía de maravilla. La gente estaba contenta con mi labor y yo, con ellos. Les subía la moral, intentaba sacarles las penas. Al acabarse, sí que me siento un poco frustrado, pero algo saldrá pronto», asegura sin un punto de negatividad. Quien habla es una persona con discapacidad, en la misma situación que los usuarios que él llevaba en su transporte y que incluso ayudaba subir al mismo si no podían. «Yo no puedo coger pesos ni andar con ellos un trayecto, pero sí puedo empujar algo con fuerza si estoy parado», explica. Su discapacidad consiste en tener un pierna, la derecha, más corta que la otra.

Desde hace tiempo, lleva una prótesis pero esta le desgastó el fémur y ahora tiene en el lugar una fractura. Debe operarse pero está aguantando lo que puede para dilatar la fecha de la operación.

Para él, la ayuda de Cogami es incuestionable. «Es una gente que vive para nosotros. Nos dan todo su apoyo, la ayuda, los conocimientos para encontrar un puesto de trabajo. Pero tú ya sabes que tienes que poner su grano de arena. Nadie te va a poner la comida en el plato», advierte.

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Texto: Mar Pérez

Fotos: Marcos Míguez

«Cualquiera puede tener una discapacidad»

Tenía siete años cuando la máquina que tanto admiraban artistas como Tamara de Lempicka y Filippo Tommaso Marinetti le cambiaba la vida. Un coche se cruzó en el camino vital de Gerardo Pérez Comesaña para desviarle la dirección de su columna. Desde entonces, tiene una discapacidad del 34% que, sin embargo, no le impidió trabajar en el sector de la construcción cuando era más joven. «Hasta que a los 30 años de edad  aprendí que uno tiene que vivir con lo que tiene y que cuanto mejor se aprenda a convivir, mejor será la vida», explica.

Ahora, Gerardo Pérez trabaja como conductor de camiones de la recogida selectiva de residuos de la empresa Coregal, ubicada en Mos, O Porriño (Pontevedra). «Esquero que (el trabajo) dure muchos años, para quedarme cerca de casa. Por mis condiciones físicas es un trabajo adecuado para mí», detalla.

 

Gerardo Pérez en la nave de Coregal, Mos.

 

Hasta hace dos años, Gerardo Pérez trabajaba en una empresa de láminas de plástico. «Cerró y marcharon a Portugal. Nosotros, los trabajadores, nos fuimos a la calle. Yo estaba en Cogami y a través de un convenio de esta entidad con el Concello de Mos fui seleccionado para el trabajo de ahora», explica con una voz seguro de sí mismo que incluso se impone sobre el ruído que sale de la nave.

Aunque no se resiente nada de su discapacidad en el actual trabajo, reconoce que en el pasado le resultó duro aprender a tolerarla. «Yo, en mi vida, sólo cogí una o dos bajas, como las que podría haber cogido cualquiera otra persona (…) En los trabajos tenía que levantar peso, así que pedía ayuda a un compañero porque sé cuáles son mis limitaciones. A los hombres, nos cuesta pedir que nos ayuden. Yo mismo, cuando estaba en la otra compañía, en los comienzos, me costaba pedir ayuda, me sentía inferior, me ofendía, me deprimía; después llegué a la conclusión de que si me ayudaban era mejor para mí», recuerda.

A pesar de contar con comprañeros, jefes y personal del trabajo dispuesto a ayudarle sin problemas en los últimos años de su vida, Gerardo Pérez llama la atención sobre la labor que debe hacer la sociedad. «Lo que hay que mejorar es el concepto que tiene la gente de una persona con discapacidad. En principio, son personas marginadas, eso no debería ser así. Deberían ser privilegiadas, tener más puertas abiertas porque -razona- una persona con discapacidad puede ser cualquiera en cualquier momento de su vida».

TEXTO: MAR PEREZ

IMAGEN: PELU VIDAL