Baloncesto en el campo de refugiados

Mohammad, en un entrenamiento con sus compañeros del cluh de baloncesto en una cancha del cammpo de refugiados de Jenin. Foto: Pelu Vidal

En Jenin, hay un campo de refugiados con 14.000 personas que nació en los años 50. En uno de sus espacios, sobre una cancha de baloncesto, Mohammad Abed entrena dos días a la semana con otros jóvenes de la zona. Su meta es crear un equipo fuerte para competir a nivel nacional e internacional.

“Este -explica Hisham Arabkabeya, coordinador de las actividades del club- es un club para personas con discapacidad. Lleva funcionando desde hace dos años de forma irregular pero ahora vamos a organizarlo mejor dando servicios y material a los deportistas con un entrenamiento regular. Queremos que entren en competición”.

Para Mohammad Abed, el baloncesto es su deporte favorito aunque en la carrera en silla de ruedas haya ganado diversos trofeos. El entrenador tiene buenas expectativas: “Tiene potencial para ser un jugador destacado en el equipo en el futuro con posibilidad de participar en la liga nacional e internacional”.

Ante la pregunta de si Mohammad se siente libre en el baloncesto, él asegura que sí. Tanto él como el resto de sus compañeros parecen felices ante la canasta. Años atrás, el pasado no pintaba tan alegre, con bombas, intrusión de militares en la ciudad. Era la Segunda Intifada.

Por culpa de la represión militar a modo de balas y bombas, el número de gente con discapacidad se disparó en la ciudad. La mayor parte de los jugadores del club presentan ahora una discapacidad como consecuencia del conflicto. La Media Luna Roja, con el apoyo de ACPP, busca dar atención y servicio a esta población.

Texto: Mar Mato

Foto: Pelu Vidal

Una madre contra los prejuicios de la paraplejia

La madre de Mohammad lo espera a su llegada a casa. Foto: Pelu Vidal
Cuando Mohammad nació, su madre, lejos de recibir la simpatía del personal del hospital y de sus vecinos, sintió el dolor de “consejos” que le decían que “lo aislara, que lo dejara sólo en un cuarto”. Mohammad había nacido con espina bífida y, por lo tanto paraplejia.

“Me dijeron que tenía un problema en la columna, que sería parapléjico. Me quedé sorprendida cuando recibí consejos de la gente diciéndome que lo dejara en una habitación solo, que nadie del pueblo lo viese; pero rechacé todo eso porque hacerles caso tendría efectos psicológicos en él y en mí. Para evitar esto, lo introduje en la sociedad, lo metí en muchas actividades para evitar que fuese estigmatizado, lo llevé todos los días al colegio para que estudiase”.

En la actualidad, Mohammad Ra´oof Abed cursa el tercer año de estudios universitarios en Trabajo Social. Los estudios los realiza a través de la universidad a distancia de Al Quds, en la propia Jenin. No puede asistir a todas las clases de forma presencial porque el actual edificio de la facultad carece de ascensor y parte de las lecciones se dan en el segundo piso. La nueva facultad que se proyecta construir sí estará adaptada pero, para entonces, él ya habrá acabado.

Su sueño es licenciarse dentro de un año y empezar a trabajar con las asociaciones con las que colabora para ser útil a gente que como él tiene alguna discapacidad o que precisa de una asistencia especial. Una de estas organizaciones, es la Media Luna Roja de Jenin donde recibe las llamadas de emergencia, coordinando la salida de las ambulancias. “Quiero ayudar a la gente”, señala.

Al preguntarle a su madre qué siente cada vez que lo ve, moviéndose con tanta soltura por la ciudad y con un porvenir fuera de la estigmatización, su cara se llena de luz: “Me siento feliz”.

Mohammad, en la centralita del servicio de emergencias de la Media Luna Roja, en Jenin.
Foto: Pelu Vidal

Una discapacidad sin límites en Palestina

Texto: Mar Mato

Jenin (Yenín) es una ciudad que destacó años atrás por ser el principal lugar de procedencia de los palestinos que realizaban ataques suicidas con bombas y por sufrir un asedio que dejó un excesivo número de muertos en 2002 debido a la entrada del Ejército Israelí. Mohammad Ra´oof Abed, vive en un pueblo del distrito de Jenin, en Cisjordania. Lleva desde que abrió por primera vez los ojos al mundo, 25 años luchando contra la espina bífida.

Mohammad nació con esta discapacidad pero -a pesar de ella y gracias al empeño de su madre por llevar una vida normalizada- en la actualidad realiza estudios universitarios, juega al baloncesto, es voluntario de la Media Luna Roja, con la que colabora ACPP, e incluso tiene tiene tiempo para echar partidas a las cartas y fumar con sus amigos en su bar preferido de la aldea.

Mohammad, jugando a las cartas con sus amigos en una animada tarde. Foto: Pelu Vidal

Sus principales problemas radican en el desplazamiento por el centro de la ciudad (sin aceras adaptadas para él que lo obligan a desplazarse por el medio de la calle) y el acceso a su dormitorio en la vivienda de sus padres. Su cuaerto se encuentra en un segundo piso al que accede él mismo sin ayuda. Realizar reformas en la vivienda para adaptarla es imposible para su familia campesina. La Autoridad Nacional Palestina tampoco se hace cargo de la obra.

La forma en la que aprendió a subir los escalones valiéndose de la fuerza de sus brazos para arrastrarse a sí mismo y a su silla a través del pasamanos la aprendió en un curso especializado para gente con discapacidad en un centro de la Media Luna Roja.

Allí, también le indicaron la mejor manera para moverse entre el tráfico donde no tiene problemas, a excepción del encontrazo con conductores poco sensibles que no dudan en tocar la bocina para animarle a ir más rápido o que lo adelantan a gran velocidad y medio centímetro del atropello. Para ellos, Mohammad tiene siempre palabras para que comprendan.

Mohammad recorre con su silla las calles de Jenin sorteando el tráfico. Foto: Pelu Vidal